Cómo descubrí que mi lugar estaba detrás del lente.
Mi amor por la fotografía
Cómo descubrí que mi lugar en el mundo estaba detrás del lente
Hay pasiones que no se eligen; simplemente nacen con uno, esperando el momento adecuado para tomar las riendas.
La fotografía llegó a mi vida en el 2001 por una clase de francés. En ese entonces no sabía de aperturas, de velocidades ni de composición; por suerte, en el mismo edificio funcionaba el Centro de la Imagen, Arte y Fotografía. Me apunté a los cursos: básico, intermedio y avanzado. Ahí aprendí fotografía análoga. Los rollos y el laboratorio de revelado en blanco y negro me flecharon. Sin embargo, como suele pasar cuando somos jóvenes, el miedo a lo desconocido y la búsqueda de un camino "tradicional" me llevaron por otro rumbo.
Durante un tiempo estudié ingeniería ambiental. Era una carrera respetable, pero en el fondo sabía que estaba equivocada. El motor de mi corazón nunca estuvo ahí, sino en cada oportunidad que tenía para mirar el mundo a través de la luz y las formas. Por un buen rato quise negarlo, con el temor persistente de que una carrera artística pudiera ser inestable o de que no me ofreciera los mismos beneficios económicos que otras profesiones. Creí que apagar esa chispa era lo responsable.
Pero a las pasiones verdaderas no se les puede decir que no para siempre. La vida te sacude, te acomoda y te devuelve al lugar al que perteneces.
Después de un tiempo de dudas, decidí escuchar a mi intuición, dejar atrás los miedos y apostar por lo que realmente hacía latir mi vocación. Me formé profesionalmente, estudié, practiqué y convertí ese instinto de niña en mi proyecto de vida. Hoy, mirando hacia atrás y con el estudio consolidado, sé que no me equivoqué al dar el salto.
Han pasado más de 20 años desde que decidí dedicarme a esto, y cada familia, cada sonrisa infantil y cada abrazo que tengo el privilegio de retratar me confirma que tomé la mejor decisión.
Y aquí estoy, haciendo exactamente lo que vine a hacer: guardar pedacitos de felicidad para siempre.